Está bastante pesadito cuando vuelvo a Lazarská. Por suerte, el primer tranvía que viene no es el 3 (que me habría llevado al primer lugar donde estuve), sino el 24.
Me bajo en Svatoplukova. Desde la parada puedo ver dos boliches, pero ninguno tiene buena pinta (sí, sé se supone debería ser aventurero y descubrir locales nuevos, pero todavía confío en mis instintos. Čep & Pec es mi elegido. Lo conozco, estuve en par de veces, pero ya han pasado años y me pinta que el lugar ideal para un día como este.
Čep & Pec es un ejemplo perfecto del híbrido entre bar y cafetín moderno (o hospodo-kavárna, como sus dueños lo describen en la página web) que se ha vuelto tan común en Praga en la última década más o menos. Son lugares ideales para ir con alguien que no escabia o que no le gustan los bares típicos, sin que ello signifique renunciar a una buena birra, mientras la otra persona se puede tomar un buen feca. Me gustan mucho también para ir a tomar algo en compañía de un libro, ya que tienden a ser más tranqui que una hospoda, y también atraen a un público más variado. Como muchos de su tipo, este tiene ventanas grandes que dejan entrar mucha luz y proporcionan una vista de lo que pasa afuera (no muy inspiradora, en este caso) y una decoración que es ligera sin llegar a ser estéril. La música es perfecta también: rock independiente y alternativo clásico al volumen justo, lo suficientemente alto para escuchar si querés prestar atención, pero sin ser molesto para cualquier otra cosa que quieras hacer: leer, charlar, trabajar u observar mientras tomás un par de cervezas, como yo ahora.
Pido una Brunclíkova 10°. Como la mayoría de las ocho cervezas de barril, es de Four Elements, el litající pivovar que opera el boliche. ¡Es fenomenal! Una desítka ejemplar con ese toque adicional que la eleva a un nivel más allá de la competencia técnica. No vale la pena preocuparse con las demás, me quedo con al diez (estas impresiones son de la segunda, cuando llegué tenía tanta sed que a la primera casi no la sentí). Con el bagre picándome un poco, pido una utopenec. Viene un en frasco, ya rebanada y no deja nada que desear. Lo único que me decepciona un poco es el pan. No parece de panadería artesanal, sino más bien de supermercado. Pero es un defecto menor, que la tercera desína compensa con creces.
Son las seis de la tarde del jueves y el boliche está bastante tranquilo, pero no muerto. Hay dos štamgasty jugando al ajedrez, otros hablando entre ellos o con el personal, y un tránsito constante de personas (muchas que se tutean con el personal) que entran a pedir cerveza u otra cosa para tomar afuera. También me doy cuenta de que soy la persona más anciana del local por un promedio de 20 años, sino más, y la verdad que me alegra.
No voy a mentir, tengo muchas ganas de quedarme porque este pinta ser uno de esos boliches iniciar conversaciones espontáneas con un desconocido no es nada raro. Pero no puedo. El deber llama y tengo que volver a la parada del tranvía.
El 24 de nuevo, en dirección opuesta, que me lleva a… ¡Puta que lo parió! Karlovo náměstí. De vuelta al principio.
En mis 24 años en esta ciudad no creo haber a ningún bar, café o restaurante en los alrededores de Karlák, y la verdad que no estoy muy familiarizado con la zona. Empiezo a caminar sin rumbo aparente, tratando de acordarme de algún lugar, pero parece que mis pies tienen mejor memoria que mis sesos, porque me guían a Krčma U Parašutistů, una taberna nombrada en honor a los paracaidistas que participaron en el atentado contra Reinhard Heydrich, que se refugiaron y libraron su última batalla en la vecina Catedral de San Cirilo y San Metodio. Es una hospoda clásica de cabo a rabo, decorada con fotos y otros objetos de interés dedicados a estos soldados.
Me siento a una de las tres mesas en el vacío salón de la entrada. Una simpática camarera se materializa casi de inmediato para tomar mi pedido: Pilsner Urquell y sulc, una típica delicadeza checa (es un tipo aspic) que hace una bocha que no como. La birra está muy bien hecha y el sulc es un polvo (a propósito, el pan es mejor que el de Čep & Pec). Hay que me doy cuenta recién cuando estoy chupándome los dedos, después de pedir ještě jednou: el boliche este está muerto. Los únicos clientes además de mí son un grupo de jubilados en el salón de al lado (ahora debo ser 20 años más joven que el promedio de edad) y algún que otro turista que entra a pedir algo para tomar en las mesas sobre Na Zderaze.
Me cuesta entenderlo al principio. No hay ningún motivo por el cual esta taberna no debería estar llena de štamgasty riéndose, discutiendo sobre política o fútbol, tomándose el pelo mutuamente, todo mientras toman cantidades industriales de pivo. No pueden ser los precios, 66 CZK por medio litro de Pilsner Urquell es más que razonable hoy día, en especial en el centro, y el servicio es bueno también. He estado en bolichones tradicionales donde se nota a que todos les chupa un huevo, pero este no es el caso. Pero me pongo a pensar en Čep & Pec me doy cuenta dónde puede estar el problema. Nusle sigue siendo un barrio donde vive gente de verdad, gente que se encuentra no solo en el pub pero también en la calle, el parque, los negocios, y algunos eligieron a ese boliche como su bebedero de cabecera. Dudo mucho que en esta parte de Nové Město viva mucha gente de verdad, y para los alumnos de la facultad de ČVUT acá cerca, U Parašutistů debe ser aburrido, lleno de viejos chotos, con poco para elegir para los que no toman cerveza, y no un boliche interesante para pasar un rato. Es un poco triste la verdad, pero es la realidad de las tabernas clásicas en el centro que todavía no se han convertido en celebridades internacionales y que están fuera del circuito turístico más concurrido.
Es esta mustia nota, termino mi cerveza, pago y vuelvo a la parada, curioso de ver a dónde voy a tomar la próxima.
Na Zdraví!
Buen relato, como siempre! El tema del relevo generacional está en boga, a ver si hay suerte y los buenos locales pueden seguir subsistiendo.
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