Ir al contenido principal

Senderismo Cervecero a Kladno

El tendón de Aquiles izquierdo me había estado rompiendo las bolas el último par de meses, impidiéndome disfrutar de mi actividad al aire libre favorita: senderismo cervecero. Son caminatas de alrededor de 20 km (la más larga fue de 30), que terminan con varias birras en un pivovar o establecimiento similar, y a menudo incluyen al menos una escala birrera en el camino. La cosa parecía haber mejorado un poco los últimos días (justo antes de mi visita al médico, claro), y el tiempo el sábado prometía ser ideal para tal aventura, con una temperatura máxima pronosticada de 25 °C; ni siquiera la amenaza de aguaceros me podría disuadir.

El destino esta vez sería Pivovar Kladno Kročehlavy, que, además estar a 21,5 km de casa, opera en lo que antaño supo ser una fábrica de cerveza. Tengo cierta debilidad por cervecerías como Kročehlavy, y a veces me pregunto si este no es un fenómeno exclusivamente checo (probablemente no).

En las cuatro décadas de su régimen, los comunistas cerraron decenas de fábricas de cerveza en todo el país, y varias más cayeron como consecuencia del capitalismo, en la mayoría de los casos porque sus nuevos propietarios extranjeros decidieron que no valía la pena mantenerlas. Muchos, sino la mayoría de los edificios fueron demolidos o transformados en complejos de oficinas y/o residenciales, como los que se pueden ver hoy en Holešovice y Nusle, en Praga. Pero unos cuantos han sobrevivido en relativamente buenas condiciones, y de estos, algunos incluso han sido devueltos a su propósito original, como los de Únětice, Hostomice, Lobeč y, por supuest, Kostelenc n. Černými lesy, una verdadera resurrección. Estaba muy ansioso de ver cómo se comparaba el caso del Kladno.

Me pongo en marcha un poco antes del mediodía, después de un almuerzo rico pero no demasiado pesado. Según Mapy.cz, la ruta no tiene ninguna gradiente empinada y pasa por varios pueblos, abriendo la posibilidad de paradas cerveceras en el camino.

La primera localidad es Otvovice, lugar de nacimiento de una de las mayores estrellas del mundo del espectáculo checo, Lucie Bilá. Todavía vive acá la doña y, cabe mencionar, salvó a la hospoda local, Formanka Otvovice, y el centro cultural adjunto, de una muerte segura. Solía ir medianamente seguido, más que nada almorzar, y la recuerdo como una parada sólida para comida y cerveza si se estaba por el barrio. Creo que dejé de ir hace tres años (no sé por qué) y qué mejor excusa que esta para darme una vuelta.

                          

No hay mucha gente en la terraza cuando llego, y adentro está reservado para lo que un funeral, creo. Me acerco al výčep y pido una Bernard. Es de 0,4 l. ¡Puta madre! ¡Cómo me rompe las pelotas esto! La única razón de la existencia de esta medida es ocultar precios altos. Ya es un bajón cuando un local arranca sirviendo esta medida corta, pero en Formanka es peor, porque antes servían medio litro. Entiendo que restaurantes y bares a veces se ven obligados a aumentar los precios, pero esta manera es engañosa, es lo que se conoce como «reduflación» (el término inglés «shrinkflation» me gusta más), o sea pagar el mismo precio, pero por menos producto. Si nos quejamos con razón cuando las grandes empresas emplean este artilugio, no veo por qué se lo deberíamos permitir a las pequeñas. Lo peor en Formanka es que la cerveza ni siquiera es cara. 38 CZK por 0,4 son más o menos 48 CZK por medio litro, un precio más que razonable estos días, incluso en un restaurante de pueblo. Pero bueh… Quejarse es al pedo, así que termino mi podmirák «legal» y vuelvo al camino, decidido a no volver, tal como lo hice hace tres años, cuando Pivovar Bubeneč se mandó la misma guasada.

La localidad siguiente es Zakolany. Había una linda hospoda con un jardín hermoso, U Libuše, pero cerró hace un par de años y, lamentablemente, la situación no ha cambiado. De hecho, Formanka es la única taberna que voy a encontrar en todo el camino, y solo porque hice un pequeño desvío para visitarla por nostalgia. 

                                             

No importa, la mayoría del trayecto es por campos o a la sombra, lejos de carreteras, y una vez que agarro ritmo, no tardo entrar en un estado casi meditativo, dando rienda libre a mis pensamientos, mientras presto atención a todo lo que me rodea, incluyendo sonidos: pájaros, árboles, el viento, un arroyo, mis pasos, las flores, las casas y la poca gente con la que me cruzo.

Ese idilio dura hasta que llego a Kladno, bajo la vigilante mirada de las torres de enfriamiento de la planta de calefacción de la ciudad, y la ruta ahora me lleva a través de los restos de lo que supo ser uno de los corazones de la industria pesada checoslovaca. Es un poco deprimente el paisaje, pero no me desanima porque estoy ya cerca de mi destino y, a pesar de sentirse algo pesadas, mis piernas apuran el paso.

                                  

Llego al edificio de la antigua cervecería unas cuatro horas después de haber salido de casa. No veo ninguna señal que indique un bar, ni hablar de jardín cervecero, y la puerta al patio del complejo está cerrada con llave. Vuelvo a consultar el mapa y resulta que la pivovarská zahrada está a la vuelta de la manzana, detrás del complejo de la cervecería.

  

Lindo jardín, y casi vacío. Pido una 8°, que mis papilas gustativas apenas registran, no debido a un problema con la cerveza, sino porque desaparece más rápido que el Correcaminos. Le siguen una 10° y una 12°, y un plato de papitas con no sé cuántas cosas mezcladas, que cae muy bien con la birra.

                                  

Empieza a llegar más gente, vecinos en su mayoría estimo, pero también un par de turistas como yo. El personal pone algo de música, una playlist probablemente titulada “Xennial Greatest Hits”, lo que es curioso, porque el pibe y la piba que atienden deben tener veintipocos, y dos pibitos de cuatro años, como mucho, se ponen al ritmo de las canciones, brindando un show adorablemente gracioso.

Las cervezas siguen cayendo: una APA de 11° (fondo de barril), una Session Hazy IPA (aburrida como todas las IPAs turbias), otra APA (de un barril fresco y mucho mejor), otra 12°, y cierro la sesión con una Raspberry Gose chica, más que nada para completar la colección (Gose es un estilo fenomenal, y que no entiendo para qué la hacen si la van cagar con fruta congelada). Más allá de eso, las cervezas son todas más que competentes, pero lo que hace que me quede no es tanto su calidad, sino la onda en este jardín, con una buena cantidad de gente ya, todos pasándola fenómeno. Espero que los que viven acá cerca sepan valorar este lugar, porque son muy afortunados de tenerlo.

Estoy en el tren a Praga, escuchando música y sintiéndome, como después de todas mis caminatas cerveceras, deliciosamente cansado.

No puedo esperar a la próxima.

Na Zdraví!

Comentarios